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Manuel García y la tierra que soñaba con ser canción

 

La música chilena tiene en la voz de Manuel García un nido en el que viene a descansar y a renovarse, tras haber sobrevolado géneros y sensibilidades panamericanas.

Pasando del lirismo más inusitado al verso directo y sencillo, el reconocido cantor de Arica ha ido formalizando una poética bien reconocible a lo largo de su discografía. Ésta se inauguró con las melodías oblicuas de guitarra, delicadas en “Pánico” y crudas en “Témpera”, para pasar luego a los sintetizadores y a una visión internacionalista y sensible del rock chileno en los últimos trabajos.

Pero el mismo autor, en algunas entrevistas, ha llegado a considerar su obra como un “folclore onírico”. Es ésta, sin duda, la más acertada de las reflexiones sobre una música de raíz que “sueña” mientras se está interpretando a si misma. Esta ventana abierta, este paréntesis dentro de la narración melódica y armónica, este sueño, en fin, abre nuevas posibilidades y emprende caminos poco transitados en la canción. Es algo que salta al oído incluso si se escuchan pocos acordes de cualquier disco de Manuel.

Yo le descubrí leyendo, al mismo tiempo, la primera novela de un extraordinario escritor chileno, Hernán Rivera-Letelier, que con Manuel García comparte ese insondable y misterioso Norte Grande de Chile como paisaje de formación.

Las historias de Rivera-Letelier relatan la ordinaria mitología del mundo pampino y los fastos y la decadencia de la sociedad salitrera. Estos elementos adquieren un disfraz más moderno y urbano en el mundo sonoro del músico nortino que ha tomado la capital y se ha hecho allí más grande, pero también es verdad que hay una imprescindible raíz común. Cuando las libres canciones de Manuel, como decíamos antes, empiezan a soñar, el regreso a ese mundo campesino de dramática belleza desértica y fértil soledad es un viaje más o menos inmediato.

Hay una imagen que, como es habitual, sobrepasa la teoría y sostiene esta afirmación: en el documental “Catalejo” de Ronnie Radonich dedicado a Manuel García, éste vuelve a su natal Arica, y en sus alrededores, donde la ciudad se derrumba por su incansable tira y afloja con el desierto, brinda su guitarra al viento como para que sea él quien le saque música.

En los armónicos que allí resuenan canta la tierra, como en ningún otro lugar en el mundo.

El simple gesto, en sí, es un acto de extrema generosidad para un cantor. Es dar la posibilidad a su canción, una vez por todas, de soñar con su casa.

Fecha →
30 Sep

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